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Elogio al campesino

Por: Alexánder Girón

La población colombiana está conformada por habitantes rurales y urbanos, Según datos del DANE, la población rural de Colombia, en el año 2005, era de aproximadamente 12,5 millones de habitantes, equivalentes al 23% de la población total del país.  La población campesina  del país con el paso del tiempo ha ido disminuyendo notablemente como consecuencia del proceso urbanístico y  las difíciles condiciones económicas, sociales y de abandono estatal al que se ha visto sometido el campesinado colombiano.

 

La población campesina ha sido y siempre será un elemento fundamental en una sociedad. Si hacemos una mirada retrospectiva podemos darnos cuenta que desde la edad antigua este grupo poblacional ha sido considerado estratégico en el sostenimiento  y desarrollo de las civilizaciones, posteriormente jugó un papel preponderante en el proceso de surgimiento de las ciudades ya que es este sector de la sociedad que con su trabajo garantiza  el desarrollo de la vida urbana y sirve de base para el proceso  de desarrollo agroindustrial e industrial posterior. De ahí la importancia del campesino.

 

Ser campesino no es solo portar un sombrero, un machete al cinto, una ruana, andar descalzo o portar botas pantaneras, ser campesino es mucho más, es sentirse campesino, es no avergonzarse de su condición, es manifestar los valores del campesino, es luchar por la tierra, defenderla, garantizarle a sus descendientes el sustento de ella. Sentirse campesino es valorar sus costumbres, conservarlas como patrimonio de su raza, es sentirse orgulloso de sus  manos furtivas que a diario acarician la tierra, es sentirse parte del campo y de la naturaleza que lo rodea, es llegar a sentir lo que la tierra siente para  no hacerle daño. El campesino por idiosincrasia tiene sus propios valores, los cuales hacen de él un ser típico o atípico en la actual sociedad. El campesino es humilde en su hablar, en su forma de vestir, en su mirada, en su alimentación; es hospitalario y siempre tiene lista su furtiva mano para extendérsela a quien se la solicita, el hombre del campo sabe el verdadero significado del término favor y  eso lo hace  grato con quien le tiende la mano; el campesino es constante en sus labores, no se rinde ante las dificultades, trabaja de sol a sol sin descanso, pues él sabe que de ello depende su sustento y el de su familia.

 

El campesino  es incansable en su labor, a pesar de la inclemencia del tiempo, ya sea de invierno o de estío, el abandono del Estado y la discriminación social. Es sorprendido infraganti a la madrugada acariciando la madre tierra con la esperanza de ver surgir de ella su alimento y así repite esta acción a diario desde las primeras luces que despuntan al alba hasta los últimos reflejos del atardecer. La vida del campesino no conoce otro horizonte que el de su labranza, su pequeña parcela, el corral o el atajo, que lo lleva al bosque de donde trae la leña o el agua o aquel camino distante que señala la ruta hacia el mercado. Así, lenta, paciente, humildemente, día tras día el campesino ha forjado un país rural con su herencia acumulada desde la época del mestizaje en los siglos XVII y XVIII cuando se configuró la sociedad agraria. El campesino a pesar de que la modernidad  lo acosa día tras día, lucha por  conservar la autenticidad  de sus tradiciones, sus hábitos y costumbres, sus fiestas y diversiones y la fuerza de su trabajo, en sí  de mantener viva su cultura y los vínculos que lo atan a la tierra  que es su vida.

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